
El presidente de Bolivia Evo Morales ha comenzado, al amparo de la nueva Constitución, la reforma agraria que había prometido. Los campesinos quieren tierra. Quieren tierra para trabajar, quieren tierra para vivir. Con la Constitución que el pueblo aprobó recientemente por referéndum, los ciudadanos recuperan la soberanía nacional. El neoliberalismo ha encontrado un nuevo opositor en Latinoamérica. Un opositor peligroso, ya que se levanta sobre la democracia,
En nuestras sociedades occidentales resulta hoy difícil de imaginar, pero para una gran parte de la humanidad la vida depende de la tierra. Y la tierra no es más que el suelo sobre el que se levanta una nación, el suelo sobre el que caminan todos los habitantes de la nación; no unos pocos, no unos extrangeros.
El sistema económico mundial hoy es un gran gigante. La economía está completamente globalizada y nuestro mundo es interdependiente. Pero la tierra sigue siendo necesaria. La tierra sobre la que sudaron nuestros antepasados y sobre la que sudan hoy millones de campesinos en todo el mundo. Latinoamérica es una de las zonas de cultivo más grandes del planeta. De esta forma, las empresas multinacionales se encargan de surtir de alimentos a toda la humanidad a través de la explotación de las tierras que poseen.
En Bolivia la mayor parte de la tierra no pertenece a la nación, ni tampoco a una masa de ciudadanos propietarios. No. La tierra pertenece a las grandes multinacionales extrangeras o a sus servidoras oligarquías nacionales. Estas oligarquías eran las que, hasta ahora, ostentaban todo el poder político y económico, apoyadas por los Estados Unidos, al que servían lealmente. Sin embargo, la democracia le ha devuelto el poder político a un representante de la mayoría del país, no de la minoría. Con esta reforma, se empieza un proceso que seguro que será largo y difícil, pues todos sabemos que el neoliberalismo está dispuesto a presentar batalla en cualquier parte del globo donde se vea amenazado. Este proceso es la devolución de la tierra a su legítimo dueño, el que la trabaja.
Hace 40 años pareció que esta lucha estaba perdida. El 9 de octubre de 1967 cayó abatido un revolucionario que intentó cambiar la situación, intentó que el pueblo boliviano se levantara contra la opresión económica que sufría, que recuperara la tierra. El intento fracasó, los campesinos no podían concebir una realidad donde no hubiera unos propietarios para los que trabajar.

En la fotografía vemos a un campesino y sus hijos posando en la cámara junto a ese revolucionario. ¿Quién le iba a decir que unos días después ese mismo campesino le vendería a las patrullas del ejército que le estaban persiguiendo? En ese momento, el revolucionario no podía concebir que el campesino no deseara librarse de las cadenas opresoras.
Puede que la derrota de ese revolucionario se esté convirtiendo hoy en su victoria. Puede que la tierra aún no estuviera madura, puede que su sangre fuera necesaria para regarla. La verdad es que una nueva ola recorre Latinoamérica. Esperemos que no sea necesaria más sangre, espero que la tierra llegue por fin a sus legítimos dueños.
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